Notas incompletas sobre la situación política en Europa - Josep Maria Antentas

From 4EDU
Jump to: navigation, search

Notas incompletas sobre la situación política en Europa - Josep Maria Antentas   1.La economía europea sigue inmersa en la crisis. El propio FMI pronostica que 2012 va a terminar con un crecimiento del -0'4% y 2013 con un 0'2%. La recesión es particularmente importante en la periferia, sobretodo en Grecia y el Estado español (caída de éste último del 1'5 y 1'3% en 2012 y 2013) y con un débil crecimiento en el centro, con previsiones del 0'9% para Alemania. El estancamiento económico general y la política de austeridad afecta a ésta última de forma negativa, pues sus exportaciones al resto de Europa  tienden a caer (descendieron un 11,4%, a Portugal un 15,8%, a Grecia un 9%, y a Italia un 8,6%) y no se compensan con el aumento de sus exportaciones a Estados Unidos y China. La crisis genera tensiones en todo el edificio de la UE y la zona euro y acentúa las dinámicas internas neocoloniales y centro-periferia. En este contexto la Europa mediterránea se ha convertido en el lugar donde se condensan todas las tensiones políticas y sociales de la crisis. El futuro del euro sigue siendo incierto, aunque la política de Alemania pasa por mantener la moneda única, tensando la cuerda pero sin romperla, necesaria para favorecer sus exportaciones. La fuga de capitales continuada de la periferia al centro (el Estado español ha sufrido salidas de capital entre junio de 2011 y junio de 2012 de 296.000 millones de euros, 27% del PIB de 2011, mientras que Italia ha registrado salidas de 235.000 millones de euros, un 15% del PIB de 2011), y la disparidad entre las primas de la deuda soberana de Alemania y países como el Estado español o Italia muestran la situación de riesgo para el euro.

El factor más inmediato que marca la agenda europea es el rescate total al Estado español que viene planeando en la política europea desde hace meses. Aparentemente inminente desde hace semanas, parece ahora que puede alejarse un poco. Más allá de las dudas del gobierno español y, sobretodo de la propia Alemania, la cuestión seguirá encima de la mesa, en un escenario donde también hay que a Italia, Chipre y Eslovenia. En Grecia la crisis política no dejará de agravarse y la estrategia de la troica pasa por preparar un cortafuegos que, en caso de tener que desconectar al país helénico del euro, impidiera un efecto dominó.

En esta situación el debate sobre el Euro cobra fuerza entre la izquierda europea, aunque en el único país donde es un debate real amplio más allá de reducidos círculos, es en Grecia. En su momento desde la izquierda anticapitalista nos opusimos a la creación del Euro, en tanto que proyecto al servicio de los poderes económicos principales de la UE y perjudicial para los trabajadores. Una vez puesto en marcha y de haberse consolidado aparentemente como realidad insoslayable la política más adecuada fue poner el énfasis en una ruptura en clave internacionalista y solidaria (oposición a todos los Tratados, Constitución, Directivas...), sin plantearla cuestión en términos de “salida” de la UE o del Euro. Enfocar la ruptura con la Europa del Capital en clave internacionalista y no con mentalidad de repliegue nacional-estatal sigue siendo una cuestión estratégica. Sin embargo, la evolución de la situación pone encima de la mesa la cuestión concreta de la moneda, del Euro que ya no aparece como un hecho irreversible. No hay que hacer en este contexto de la salida del Euro un tabú, ni dar su existencia por descontado como sucedía antes de la crisis.

Sin embargo, no creo que haya que plantear la salida del Euro como una reivindicación programática a priori, ni que centrar el debate entorno a la moneda sea lo fundamental, sino que es mejor colocar la cuestión de la salida del Euro como posible consecuencia de la ruptura con las políticas de austeridad: suspensión pago deuda, no aplicación de las políticas de ajuste y revocación de los recortes realizados, expropiación de la banca... Es decir, un eventual gobierno de izquierdas en cualquier país europeo más que salir voluntariamente del Euro lo que tendría que hacer es romper con las políticas impuestas por la troika y asumir la posibilidad de una expulsión del Euro, algo que por otra parte tampoco no es seguro al 100% que ocurriera sobretodo si esto sucediera en un país económicamente relevante (Estado español, Italia...) por las consecuencias que podría acarrear por la pervivencia del propio Euro. Ante un escenario de “desobediencia” por parte de un país a la troika ésta por un lado se vería obligada a castigar tal insubordinación, para evitar que el ejemplo se generalizara, pero al mismo tiempo podría tener dificultades en expulsar drásticamente a un Estado de la zona Euro si éste tuviera peso económico, o a dos Estados si hubiera una insubordinación en dos países a la vez.  Un gobierno de izquierdas debería estar preparado para salir del Euro y tendría que preparar a la población para ello, pero no veo utilidad en plantear una salida voluntaria a priori.   2.Lo que está en marcha es un amplio proyecto de reorganización social y de cambio de modelo social bajo los designios del capital financiero. No es un proyecto acabado, ni coherente, ni planificado en su totalidad pero, sin duda, lo que está en juego es un cambio en profundidad y drástico del actual modelo social. En la periferia europea asistimos a una “latinoamericanización”/”tercermundización” de las sociedades euromediterráneas  en términos de modelo de sociedad (desigualdad, desestructuración social, aumento de las violencias...). Y en el centro continental se profundiza la destrucción del llamado “modelo social europeo” y de los restos del “capitalismo renano” avanzando, a modo de una “norteamericanización” del continente, hacia un modelo de capitalismo desregulado salvaje. Ésta ha sido la trayectoria de Alemania tras las reformas de Schroder y las leyes Hartz a comienzos de siglo. La transformación del modelo social implica un cambio de régimen político. La involución oligárquica de las democracias parlamentarias se profundiza e intensifica. Tiene lugar un vaciado de contenido, una implosión, de los mecanismos democrático-institucionales tradicionales de los países europeos, por la supeditación extrema de la política a los intereses del capital financiero, cuyas máximas expresiones han sido los “golpes de estado financieros” de Grecia e Italia y la colocación en posiciones institucionales clave en la UE y en muchos países de hombres de Goldman Sachs. En momentos de crisis, mejor tomar directamente el timón de la nave.

En los países de la periferia la crisis económica y social se convierte en una crisis política cada vez más profunda con procesos crecientes de deslegitimación de instituciones y partidos políticos mayoritarios y de rechazo a las élites financieras. En Grecia, el caso más avanzado, acontece una crisis de hegemonía que no cesa de profundizarse que ha provocado una explosión del sistema tradicional de partidos. En el Estado español el rechazo a “políticos y banqueros”, que fue el lema fundacional del 15M, sólo hace que aumentar y se va entrando en una dinámica creciente de “crisis de régimen” en la que se entremezcla el desgaste de las instituciones del Estado (incluido el Rey aunque de forma matizada) y de los dos grandes partidos por su gestión pro-banqueros de la crisis con la crisis del modelo de Estado  y el ascenso del independentismo en Catalunya y Euskadi.

La profundización de las consecuencias políticas de la crisis en Grecia, Portugal y el Estado español, del sistema de partidos tradicional, de los estallidos sociales y de los problemas de “gobernabilidad” hacen prever un deterioro de la situación política, en países donde además la tradición “democrática” de sus elites políticas y empresariales es muy superficial e históricamente poco arraigada. Aumentará la represión policial, el endurecimiento de las leyes y la violación reiterada por parte del poder de su propia legalidad y reglas del juego cuando sea necesario, en el marco de una creciente involución autoritaria de la vida política y social, a la que hay que añadir el aumento o irrupción de la extrema derecha. El recurso a salidas autoritarias, cuya concreción puede tomar muchas formas, se irá convirtiendo cada vez más en una hipótesis real para la clase dominante, a medida que se agudice la crisis de legitimidad y los mecanismos de dominación tradicionales vayan descomponiéndose.   3.La socialdemocracia no presenta a escala europea ningún tipo de alternativa a las políticas actuales, ni ninguna agenda propia de salida a la crisis diferenciada de la de la derecha y la del propio capital financiero. En los países de la periferia la socialdemocracia (PASOK, PSOE, PS...) ha colaborado activamente en la aplicación de las medidas de ajuste. En Alemania el SPD no cuestiona tampoco, de forma real, la austeridad de Merkel ni el relato oficial de la crisis que culpabiliza a los “trabajadores del sur”. No podría descartarse que en un futuro una mayoría socialdemócrata en los países claves de la UE pudiera plantear alguna ligera variación o “respiro” a los países en peor situación y se optara por  abrir un poco la válvula para soltar vapor, con el objetivo de paliar el agravamiento de las tensiones sociales, pero difícilmente habría ningún cambio serio de rumbo.  A pesar de toda la pompa mediática las expectativas con Hollande, para quien las tuviera, han quedado rápidamente defraudadas y, a pesar de todas las promesas electorales, el presupuesto de su gobierno mantiene el compromiso con las políticas de austeridad (reducción del déficit del 4'5 al 3% el próximo año y al 0% el 2017) y apoya el pacto fiscal a escala europea.

La socialdemocracia aparece hoy como una corriente históricamente agotada y sin proyecto político propio. Donde ha aplicado políticas de austeridad paga un precio político enorme. Aunque conserva todavía, con formas distintas en función de casa país, amplios aparatos político-electorales, resortes en algunos sectores de la sociedad y en los sindicatos, el control o afinidad con medios de comunicación y, a pesar de todo, sigue contando con una cuota importante de apoyos electorales y en muchos países (Gran Bretaña, Alemania...) es el único recambio disponible a los gobiernos conservadores hoy existentes. En la Europa mediterránea la crisis de la socialdemocracia adquiere una intensidad cada vez mayor aunque con grados diferentes. En Grecia el PASOK ha sido destruido y sus intenciones de voto están por debajo del 10%. En el Estado español el PSOE no remonta en las encuestas ni capitaliza el desgaste del gobierno derechista del PP y, al contrario, pierde apoyo electorales y credibilidad social a marchas forzadas. En Portugal el PS conserva una cuota electoral importante y capitaliza en cierta forma el desgaste del gobierno de Passos Coelho combinando un radicalismo verbal hipócrita contra los recortes y un apoyo de fondo a las políticas de austeridad. Pero todo apunta a que cuando el maltrecho Passos Coelho caiga tendrá que comprometerse de nuevo en la gestión de la austeridad, ya sea en un gobierno de unidad o bajo otra forma, que lo desgastará irremediablemente.

Desprovista de un proyecto de transformación y convertida en servidora fiel del poder financiero en un momento donde éste sacrifica a la mayoría de la sociedad para salvarse a a sí mismo, la socialdemocracia del sur de Europa entra en contradicción y en colisión con su base social. La socialdemocracia tuvo un papel clave en la formación de los regímenes postdictatoriales en los años setenta en Grecia, Portugal y el Estado español y su fuerte crisis en estos países es un reflejo más de la crisis más general del orden político establecido entonces.   4.El arranque de una nueva fase en las luchas sociales desde 2011 es claro, aunque éstas siguen siendo muy desiguales en el continente, alcanzando sólo una dimensión de masas o de “rebelión” popular en la periferia mediterránea (con excepciones fuertes como Italia) o en algunos países del Este (Rumanía a principios del 2012...). En otros, como Gran Bretaña, las luchas contra los recortes son notables por los estándares habituales del país, como lo muestra la manifestación del 20 de octubre. La ola de luchas actuales tiene como límites claros, en términos geopolíticos, el hecho de no haber llegado aún a Francia, país clave en las resistencias al neoliberalismo desde 1995 hasta el estallido de la crisis, y a Italia, donde la situación social aún no ha explotado a la “española”. Evitando ser deterministas, lo más previsible es, sin embargo, que a medida que las políticas de ajuste se vayan profundizando junto con la inestabilidad derivada de la crisis, también en estos países tarde o temprano les llegue su “15M”, que tomará formas propias e inesperadas, que desbloquee la situación y marque la entrada en un nuevo ciclo.

La internacionalización del movimiento “indignado” y “occupier” y de las nuevas resistencias a la austeridad es muy desigual. El 15O de 2011 fue un avance importante y representó una jornada de acción global notable, que sería seguida pocos meses después por las protestas de Blockupy Frankfurt en marzo de 2012 en el corazón financiero continental. Pero el nuevo movimiento no ha sido capaz aún de dotarse de estructuras internacionales ni de marcos de trabajo sólidos y de impulsar una dinámica de coordinación internacional que vaya más allá de jornadas globales con acciones simbólicas, como la reciente jornada del 13O contra la deuda. En este escenario hay que trabajar en una triple dinámica: impulsar resistencias nacional-estatales ante los recortes, protestas globales tipo 15O y 130, y acciones de solidaridad específicas con los países periféricos afectados por el ajuste estructural, con Grecia y el Estado español al frente.

La lógica del ciclo actual es defensiva ante una intensificación sin precedentes de los ataques, y se desarrolla en una correlación global de fuerzas muy desfavorable, pero contiene en su seno elementos ofensivos, en el sentido de ser disruptivos y de tener capacidad de desestabilización del funcionamiento rutinario de la instituciones, y con capacidad de contra-ataque. Las luchas sociales no han conseguido una dinámica de victorias que permitan una acumulación de fuerzas ascendente y las grandes batallas que se han librado en toda la UE en el último año se han perdido. Puede haber, sin embargo, posibilidades de alguna victoria parcial concreta en el futuro, como el caso de la dación en pago, en el Estado español, por ejemplo. La excepción más importante es la reciente victoria en Portugal, con las protestas del 15S que obtuvieron una rectificación relevante de las medidas previstas por el gobierno. Transmiten el mensaje fundamental que todavía falta generalizar: “sí se puede”.

La traducción de las movilizaciones en organización colectiva estable (asociativa, sindical, política...) es aún muy débil (asambleas de barrio inestables y débiles...). El reto es como reconstruir un nuevo bloque social, cuyas bases son todavía frágiles y gelatinosas, en una sociedad fragmentada y desestructurada que articule los intereses comunes desde la comprensión de la pluralidad de lo social.

A pesar de la falta de victorias, aún con una vida cotidiana más desesperada, no hay un sentimiento de derrota las sociedades afectadas por el ajuste estructural. Incluso en Grecia, donde gran parte de la población percibió la derrota de Syriza como el fin de la última esperanza ante la austeridad, no hay un sentimiento de derrota definitivo, una resignación final. No se ha arrojado la toalla. Al contrario, a medida que las políticas de ajuste se endurecen por toda la región euromediterránea las ganas de luchar se multiplican. 5.La capacidad de movilización ciudadana y social en la calle contrasta con las dificultades para hacerlo en el centro de trabajo debido al paro, precariedad y las transformaciones en la organización productiva (subcontratación, externalización...), elementos que dificultan el desarrollo de un nuevo sindicalismo combativo y movilizador. El sindicalismo mayoritario sigue aferrado a un modelo institucionalizado orientado al “diálogo social” que está estratégicamente exhausto. La magnitud de los ataques y la reacción social desde abajo a través de los movimientos “indignados” empuja a los sindicatos mayoritarios, en particular en el Sur de Europa, hacia la lucha, pero sin que esto suponga un cambio de modelo sindical o de reflexión estratégica sobre el agotamiento del “diálogo social”. Mantienen una orientación en zigzag (movilización, intento fallido de diálogo social, movilización ante nueva agresión y así sucesivamente), desgarrados entre su orientación hacia una concertación inviable y la necesidad de movilizarse para defender los derechos sociales y su propio futuro en tanto que organizaciones, pero anclados en su mentalidad institucional y burocrática y en la voluntad de no mezclarse con las luchas y movimientos sociales que no controlan.

A escala europea la Confederación Europea de Sindicatos no ofrece ninguna alternativa coherente de resistencia a los planes de ajuste ni un intento de articular la solidaridad internacional de las y los trabajadores. La fractura entre los sindicatos del sur y los del centro y norte-europeos se ha ensanchado y profundizado con la crisis y la aplicación de las políticas de ajuste. Éstos últimos aceptan, de forma más o menos explícita, el relato oficial de los gobiernos centro y norte-europeos y de la troika de que la responsabilidad de la crisis es culpa de los trabajadores del Sur de Europa, poco productivos, derrochadores y que no pagan impuestos. Esta argumentación sirve a gobiernos y élites financieras centro y norte-europeas para desplazar las contradicciones sociales domésticas hacia afuera.

La jornada del 14 de noviembre, con Huelgas Generales en Portugal, el Estado español, Grecia, Chipre y Malta, la Bélgica francófona y un paro de 4 horas en Italia sostenido por la CGIL es un paso adelante en la coordinación sindical internacional de una respuesta a las políticas de austeridad, que va mucho más allá de lo hecho hasta ahora tradicionalmente (jornadas de euromovilización sindical simbólicas). La dimensión internacional del 14N sirve para reforzar el éxito de las propias convocatorias nacional-estatales al darles mayor credibilidad y para ir generando en el imaginario colectivo de los trabajadores euromediterráneos la percepción de formar parte de un movimiento internacional solidario de respuesta a las políticas de ajuste. Una “eurohuelga” o “huelga euromediterránea” sirve más para ello que décadas de trabajo burocrático de lobby sindical en Bruselas. Si el 14N queda en una excepción tendrá poca relevancia. Si sirve para marcar un punto de inflexión en la internacionalización de la estrategia del sindicalismo oficial será un avance notable, aunque insuficiente.   6.La izquierda a la izquierda de la socialdemocracia tiene dificultades para desarrollarse en el marco de la crisis y la traducción político-electoral de las resistencias sociales sigue siendo limitada y contradictoria. La izquierda capitaliza menos el malestar social que la extrema derecha o la derecha populista. Las razones de fondo hay que buscarlas en fenómenos ya conocidos: el peso de las derrotas políticas de las últimas décadas, la ausencia de referentes ideológicos, la despolitización, la falta de credibilidad de los partidos. El ascenso de la extrema derecha por todo el continente se fundamenta en la xenofobia como denominador común y la explotación del malestar social derivado ahora de la crisis y, ya desde antes, por la destrucción del Estado del bienestar durante décadas de neoliberalismo. La extrema derecha toma la forma, aunque con muchas variantes país por país, de una “derecha nacional” populista (que en algunos casos es una derecha neofascista “camuflada”), con la excepción de Aurora Dorada en Grecia cuyo modelo es directamente el fascismo y el nazismo de los años treinta.

La desafección ciudadana ante los grandes partidos, sin embargo, se profundiza así como el castigo electoral a los gobiernos (de derechas o social-liberales) de turno en cada país. Y en los países de la periferia la socialdemocracia, como señalábamos antes, sufre una crisis histórica al entrar en contradicción directa con su base social. Aparecen en varios lugares fenómenos cuya emergencia expresa a la vez esta desafección y malestar, de un lado, y la ausencia de visiones alternativas coherentes, del otro. Tal es el caso de los éxitos del Partido Pirata primero en Suecia y ahora en Alemania, con un voto joven de clase media desidentificado con socialdemocracia y Verdes (y aunque sea un fenómeno muy diferente, también se puede mencionar la candidatura populista- demagógica de Beppe Grillo en Italia). A pesar de todo, el doble contexto de crisis capitalista y aumento de las luchas sociales y de repolitización (aún partiendo desde muy abajo), es un telón de fondo favorable de las fuerzas de izquierda en Europa.

A la izquierda de la socialdemocracia la relación de fuerzas entre las corrientes anticapitalistas y revolucionarias y las fuerzas reformistas se ha degradado a favor de las segundas, aún más, en el último periodo. Muchas formaciones reformistas se benefician electoralmente del descrédito de la socialdemocracia y de la ausencia de alternativas anticapitalistas fuertes, aunque no todas ellas atraviesan un buen momento, y algunas fuerzas relevantes de este campo, como Die Linke en Alemania, han conocido un importante debilitamiento. Los Verdes, por su parte, corren suerte distinta en función de cada país, pero con alguna excepción puntual (como Gran Bretaña) se han convertido en fuerzas muy institucionalizadas y muy a la derecha. La izquierda anticapitalista europea aparece como creíble, en muchos países, en el terreno social y activista, pero no en el terreno electoral. La campaña presidencial del NPA con Poutou es una buena prueba de ello (y a escala más modesta las sucesivas campañas de IA también). Poutou sacó un modesto 1,1% (muy pequeño comparado con el 11’1% de Mélénchon y los anteriores 4% de Besancenot) pero el eco político y social y las simpatías despertadas por su candidatura y sus propuestas fueron mucho más allá de su propio resultado y encontraron simpatías entre personas que optaron instrumentalmente por Melenchon.

Con el retroceso del NPA la izquierda anticapitalista ha “desaparecido” como corriente visible en el terreno mediático-electoral europeo frente a la izquierda antineoliberal reformista, aunque sigue siendo una corriente relevante en el terreno militante y en el activismo social. Formaciones anticapitalistas amplias como el Bloco en Portugal o la ARV en Dinamarca tienen poca visibilidad europea y, a falta de un polo anticapitalista europeo, su política internacional bascula hacia el  Partido de la Izquierda Europea impulsado por IU, el FG, Die Linke y otras. No hay que pensar necesariamente que esta situación de ausencia de visibilidad fuerte de la izquierda anticapitalista tenga que estabilizarse así y de nuevo podría haber cambios. En la última década hemos visto ya “ascensos” y “caídas” rápidas de fuerzas diversas (PRC en Italia, Die Linke en Alemania, el NPA en Francia...) y no hay que tomar el actual escenario francés, por ejemplo, como fijo e irreversible, pero si tomarlo como una realidad ineludible ahora mismo.

Las perspectivas para el grueso de las organizaciones anticapitalistas y revolucionarias europeas, salvo algunas excepciones nacionales, son las de poder construir fuerzas activistas, con peso relevante en las luchas, pero con incapacidad, al menos en el corto plazo, para convertirse en referentes político-electorales fuertes, en un momento donde esto es más necesario que nunca ante el avance de las políticas de ajuste y la reorganización social que implican. Es por ello que hay que ubicar la construcción de organizaciones anticapitalistas y revolucionarias en el marco de una perspectiva más amplia de construcción de nuevas herramientas políticas unitarias que tomarán formas distintas país por país y que puedan adquirir una audiencia e influencia de masas.

El ascenso de Syriza marca la dinámica de la izquierda europea y toda ella se ha visto interpelada por  su irrupción. Se ha convertido en el referente concreto en Europa de que es posible articular un proyecto político-electoral capaz de disputarle la hegemonía electoral a la socialdemocracia y tener vocación de mayoría. Si no comete grandes errores, su influencia en la izquierda europea previsiblemente irá en aumento en un contexto de ausencia de otros grandes referentes. No es una formación anticapitalista y su dirección se ubica en posiciones “reformistas de izquierdas”, con un programa y una estrategia que no va “hasta el final” en un planteamiento consecuente de ruptura, pero es un proyecto que se sitúa a la izquierda de IU, del Front de Gauche, o de Die Linke. Su componente reformista de izquierdas cohabita con corrientes radicales en su seno que, aunque minoritarias, tienen un cierto peso y, sobretodo, el proyecto político de Syriza se desarrolla en un  contexto de levantamiento popular. La evolución de Syriza es incierta y estará sometida a dos presiones contradictorias: la lógica de la gobernabilidad y de la respetabilidad institucional, de un lado, y la radicalización social creciente como consecuencia de la intensificación de los ataques sociales, del otro. Las y los anticapitalistas no tenemos que idealizar acríticamente Syriza, ni tampoco tener una actitud sectaria. Tenemos que reivindicar lo que nos corresponde de ella y mostrar nuestras simpatías por su ascenso social y electoral y por lo que ello significa, así como buscar una interlocución con su dirección y profundizar la relación con las corrientes de su ala izquierda. Más allá de la “Syriza real”, el “símbolo Syriza” se ha convertido en el ejemplo de que “es posible” construir una alternativa. Este es el principal significado que tiene para la izquierda europea.   7.En los países donde ha estallado la rebelión social contra el ajuste hay una fuerte politización social, aunque es una politización contradictoria y que empieza remontando desde muy abajo, y sin referentes claros (políticos, culturales, intelectuales, históricos, organizativos...), o con referentes excesivamente confusos y de resultados reales poco definitorios (aunque paradójicamente muchas veces aparezcan idealizados como la “revolución” islandesa o los procesos latinoamericanos). Esta politización no empuja todavía hacia la organización de instrumentos políticos, ni tan siquiera de estructuras sociales estables, pero ha quedado atrás el período de lo que Daniel Bensaïd llamaba la “ilusión social”, de autosuficiencia de la lucha social propia de los años noventa y la primera década del siglo XXI, o de las ideas de “cambiar el mundo sin tomar el poder” estilo Holloway (no en vano las revoluciones árabes, con los intentos populares de derribar el poder y la caída de los dictadores son el acontecimiento fundacional que permanece en el imaginario de la juventud radicalizada contra la austeridad en Europa). Cada vez más la “cuestión política” aparece como insoslayable ante la virulencia de los ataques a las condiciones de vida por parte del poder y la deslegitimación que dichos ataques provocan, precisamente por su profundidad, a partidos e instituciones. En términos históricos la variable más relevante es la incorporación del grueso de activistas sociales, de la izquierda social hoy no políticamente organizada, a la construcción de nuevas herramientas políticas.

En la periferia euromediterránea, la aplicación de planes de ajuste estructural sacude a toda la sociedad, tiende a dinamitar el sistema de partidos y a hacer estallar los mecanismos tradicionales de representación. Ante la profundidad de los ataques, el descrédito de la socialdemocracia, y la urgencia desesperada de obtener soluciones, a veces el debate sobre la “alternativa”, sobre el “instrumento político” se transforma directamente en debates, estratégicamente apresurados y que partiendo de una necesidad real corren el riesgo de “quemar etapas”, sobre como formar una “alternativa de gobierno” a la “latinoamericana”.

La politización en ascenso y el aumento de las luchas sociales empuja, a la vez y contradictoriamente, tanto hacia el apoyo instrumental a la izquierda tradicional, como a la formación de nuevas alternativas al margen de los partidos institucionales. Puede que al final acabe prevaleciendo el apoyo instrumental a lo existente o al revés, que prevalezca la pulsión hacia lo nuevo. Posiblemente ambos acaben recombinándose. La clave será entonces cómo y con qué pesos respectivos. Así, como también será determinante qué forma toma lo “nuevo” y si en él prevalece una lógica de transformación radical del sistema o si por el contrario se imponen las corrientes que expresan una crítica más superficial y epidérmica hacia el mundo de hoy.

La dinámica general favorece la radicalización social alimentada por la constatación de la imposibilidad de conseguir cambios reales y la percepción generalizada de que el sistema y los “mercados” son imperturbables. Pero dicha radicalización se encuentra también con límites importantes, debido a la debilidad de la izquierda, la falta de referentes, el peso acumulado derrotas, la falta de expectativas de cambio social, la poca claridad estratégica de muchos movimientos y, en muchos casos, la radicalidad se expresa más en las formas de luchas y en su dinámica que en términos estrictamente programáticos. El reto de fondo del periodo es como esta consciencia antisistémica difusa va adquiriendo mayor consistencia programática y estratégica (clarificando lo que significa ser “anticapitalista”, una “revolución”, cómo se cambia el mundo...). 

En algunos países surgirán nuevas herramientas que a lo mejor graviten en torno a fuerzas reformistas pero que ofrecen un perfil de ruptura con la austeridad y conectan con el radicalismo social en ascenso (quizá Alternativa Galega de Esquerdas en Galiza formación que obtuvo un 9% de votos y 14 diputados en las elecciones del pasado 21 de octubre, sea el ejemplo más reciente). En otras serán las alianzas entre corrientes radicales y anticapitalistas y/o con sectores de la izquierda social el eje de nuevos agrupamientos e instrumentos. Aún con escenarios diversos, con vías distintas y con resultados finales diferentes, la tarea de las corrientes anticapitalistas será trabajar para la formación de nuevos instrumentos políticos de lucha eficaces y para que éstos tengan un programa, una estrategia y una práctica cotidiana lo más avanzados posibles.

En la periferia europea la situación de la izquierda es muy distinta país por país. En Grecia y en Portugal existen instrumentos desde los que hacer política con audiencia de masas. En el primer caso se trata de construir Syriza, reforzar su ala izquierda y mirar de trazar puentes entre ésta y Antarsia, y trabajar para que el grueso del proyecto se mantenga en una posición de ruptura con la austeridad y de no compromiso con la troica. En Portugal se trata de seguir desarrollando al Bloco de Esquerda, cuyas perspectivas electorales vuelven a estar en alza y que aparece como la formación más ligada a los nuevos movimientos de resistencia, en un escenario sin embargo de desconfianza hacia los partidos y la representación político-electoral, algo que lo somete en permanencia a una tensión estructural y a una presión de lo “nuevo” y lo “emergente”.

En el Estado español y en Italia la cuestión que se plantea es otra: la necesidad de reconstruir la izquierda y un instrumento político de lucha y de defensa que tenga audiencia de masas, credibilidad social y credibilidad electoral. Las formaciones anticapitalistas como Izquierda Anticapitalista o Sinistra Critica aunque tienen incidencia social y credibilidad como corrientes activistas no constituyen por sí mismas una referencia política. Organizaciones reformistas como IU en el caso español disponen de credibilidad electoral, y no es descartable que si ésta supera con éxito su tensión interna entre su discurso general de oposición a la crisis y su participación en las políticas de austeridad en el gobierno andaluz, pueda erigirse como un referente político-electoral creciente. Pero al mismo tiempo por sí sola no puede constituirse como la “alternativa”, ni puede transformar en militancia orgánica los apoyos electorales, al carecer de credibilidad política (algo distinta de la electoral), de lazos sociales reales y porque aparece como parte de lo “viejo” y de la política tradicional. La cuestión de la herramienta política aparece, pues, planteada.

El problema encima de la mesa es como reconstruir la izquierda en una sociedad sacudida por un inmenso proceso de transformación social que desestabiliza todas las esferas. A medida que los planes de ajuste reconfiguran la sociedad, sacuden a todas las estructuras políticas y sociales la necesidad de construir nuevos instrumentos políticos se torna más evidente. Partiendo del rechazo a las políticas de austeridad se trata de trabajar para que, como hemos señalado antes, las nuevas herramientas políticas que se vayan configurando tengan una orientación programática y estratégica y una práctica cotidiana lo más rupturista posible y un proyecto de cambio social lo más avanzado y desarrollado posible. Las formas que tomarán los nuevos proyectos políticos a construir serán impredecibles y seguramente adquirirán contornos confusos, con contradicciones y límites programáticos y estratégicos. Se combinará una diversidad de dinámicas nacionales, en función de las tradiciones políticas, el peso respectivo de las diferentes corrientes de la izquierda y la configuración de la izquierda social y sindical. Ajustando la táctica a la diversidad de contextos y al papel respectivo que juegan en cada país, las corrientes anticapitalistas tienen que participar activamente en los intentos y experimentos de construcción de nuevos instrumentos políticos amplios y útiles en aquellos países donde esta tarea está por hacer (¡la mayoría!) y tener, al mismo tiempo, un proyecto propio de construcción y desarrollo ambicioso.