François Sabado, Notas sobre la situación internacional

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Informe de François Sabado al Comité Internacional de la IV Internacional - Febrero 2011

El informe está en proceso de re-elaboración, pero su punto de partida debe ser el seguiente:


Las revoluciones en marcha

Las notas sobre la situación internacional redactadas al comienzo de enero están, evidentemente, desactualizadas. Las revoluciones en Túnez y Egipto han cambiado la naturaleza de la situación mundial. Existirá ahora, un antes y un después de las revoluciones en estos dos países. Es demasiado pronto para evaluar el peso y todas las implicaciones de este cambio, pero estamos frente a modificaciones históricas. Estas son las primeras revoluciones del siglo XXI, o más exactamente – pues hubo revoluciones también en Bolivia en 2003 y 2005 – las primeras revoluciones en el mundo árabe pero también las primeras revoluciones resultadas de la crisis del sistema capitalista mundial. Ellas explotan donde se encuentran los eslabones más débiles de la globalización capitalista. Se trata de un proceso doble, por un lado de rechazo a las dictaduras, pero también de un proceso social, donde millones de personas no toleran más las consecuencias de las crisis alimentarias con la explosión de los precios de las necesidades básicas o más en general un sistema que no da como perspectiva a millones de jóvenes más que desempleo y miseria. Estas revoluciones – son revoluciones en el sentido de que el movimiento de masas irrumpe en la escena social y política mientras existe una crisis abierta del poder – combinan cuestiones democráticas con temas sociales. Representa un giro de gran importancia en el mundo árabe con una ola de choque en Argelia, Yemen, Jordania y Palestina, pero también revela la inestabilidad y las convulsiones sociales que están en camino...

En este sentido, y aunque hay que tener en cuenta las dimensiones específicas de estos movimientos – las movilizaciones contra las dictaduras, el tipo de contradicción de clases, las fracturas en el seno de estos estados, que son distintos entre Túnez y Egipto – son movimientos que se hacen parte de un nuevo periodo historico, marcado por la crisis.


El momento actual de la crisis

La crisis mundial continúa. Entra ya en su cuarto año. Su desarrollo reviste la forma de crisis financieras, crisis en los mercados de los productos alimenticios o de las materias primas, crisis de la deuda pública, particularmente en Europa. Su carácter combinado – económico, financiero, social, climático… - se confirma. Algunos, como Krugman (economista de la izquierda del partido demócrata americano), sugieren que esta Tercera Depresión se parece a la vez a la estagnación que comenzó en Europa y en Estados Unidos en los años 1870 – él la llama la Larga Depresión – y a la estagnación de los años 1930, que califica como Gran Depresión. Así pues, escribe Krugman: “Me temo que estemos ahora en las primeras etapas de una tercera depresión. Probablemente, se parecerá más a la Larga Depresión que a la mucho más severa Gran Depresión. Pero el coste – para la economía mundial y sobre todo para los millones de personas golpeadas por la ausencia de empleos – será sin embargo inmenso”. Esta fase de “depresión” no es tan sólo el resultado de crisis financieras sino del agotamiento del modo de acumulación económico y financiero de los últimos treinta años. No hay, en Europa ni en Estados Unidos, nada equivalente al relanzamiento de la economía mundial de los años 40-50, y las políticas de endeudamiento generalizado ya no compensan los límites del crecimiento económico.

Las clases dominantes y los gobiernos contuvieron la crisis financiera de 2008 que hubiese podido asolar la economía mundial; pero el coste de las intervenciones estatales para salvar a los bancos y a las finanzas mundiales han agravado la situación económica de cada región o país: tras las recesiones de 2008 y 2009, las tasas de crecimiento actuales y las previstas a largo plazo son de bajo nivel: 3% en 2011 y 3’5% en 2012. Tales previsiones se descomponen así en las distintas zonas: del 1 al 2% en Europa, entre un 2 y un 3% en Estados Unidos, y entre un 6 y un 7% en los llamados países emergentes – entre un 8 y un 10% por cuanto respecta a China. Los niveles de paro en los principales países capitalistas permanecen altos. Según las cifras oficiales, alrededor del 10%; en realidad, mucho más. La pobreza aumenta, afectando en particular a las mujeres, la juventud y las poblaciones inmigradas. Todos los discursos acerca de la salida de la crisis o sobre la idea de que “ya hemos dejado atrás lo peor” no puede ocultar la realidad de la profundización de dicha crisis, ni la ausencia de una reactivación de la economía mundial, sobre todo en Estados Unidos y en Europa. Desde este punto de vista, podríamos decir que la crisis es sobre todo la del mundo occidental y que China, India y una serie de países de Asia y América latina han conocido o conocen unas tasas de crecimiento incontestables, pero padecen también la contracción del mercado y el comercio mundiales. Y, sobre todo, tales carecen de la capacidad de relanzar la economía mundial, incluso si los niveles de crecimiento en China o la India siguen siendo impresionantes. No olvidemos que el 42% del PIB chino depende de sus exportaciones y que, a medio plazo, la solidez del crecimiento dependerá de la capacidad de construir un mercado interior, con nuevas infraestructuras, incrementos salariales y seguridad social. Tenemos las premisas, pero eso no está aún estabilizado.

La crisis reviste también la forma, principalmente en los países subdesarrollados o en vía de desarrollo, de una explosión de los precios de las materias primas, hambreando a sus poblaciones. La revolución tunecina es la combinación de una explosión social contra un aumento terrible de los precios de los alimentos básicos y del rechazo a la dictadura de Ben Alí. Esa doble exigencia social y democrática se encuentra en el corazón de estos movimientos. Estos movimientos contra la carestía de la vida y a favor de la democracia pueden propagarse a numerosos países árabes. Las manifestaciones de Argelia, Jordania, Egipto o Yemen expresan, cada una a su manera y dentro de sus especificidades nacionales, ese movimiento de fondo.


Una nueva ofensiva neoliberal

En la batalla que enfrenta al capital y al trabajo, la crisis constituye una palanca para las clases dominantes que la utilizan para destruir toda una serie de conquistas y derechos sociales. Dado que las tasas de ganancia no pueden enderezarse a través de una producción y un consumo de masas, la competencia mundial exige seguir disminuyendo los costos del trabajo en Europa y en Estados Unidos. Hay que atacar, des-regular, privatizar. Esta ofensiva capitalista despeja los interrogantes acerca de un eventual giro keynesiano por parte de las clases dominantes.

Lo que está a la orden del día es el ataque y el ataque frontal, no el compromiso social. Poca reactivación, poca reconstrucción, ninguna política para incentivar la “demanda”, desmantelamiento del Estado social, ralentización incluso de los proyectos del llamado “capitalismo verde”. Tras algunas semanas de pánico, se ha impuesto el dominio de los mercados financieros y la propia “financiarización” de la economía. Podría hablarse incluso de una segunda oleada de la ofensiva neoliberal tras la acometida de los años 80. En cualquier caso, las destrucciones sociales emprendidas por patronales y gobiernos son tanto o más importantes que las que tuvieron lugar en aquel período. Corresponde pues, a través de la profundización de la crisis, seguir la evolución, no sólo de los centros imperialistas, sino también de los países “emergentes”.

Esta crisis puede ralentizar el desarrollo de estos últimos, puesto que exige, en determinados casos, nuevos planes de austeridad que se abaten sobre las clases populares. Apenas llegada al poder, Dilma Roussef anuncia un plan de austeridad para Brasil. Esta nueva ofensiva tiene un carácter global. Nadie puede sustraerse a la globalización capitalista, a sus intercambios desiguales, a sus remodelaciones de la fuerza de trabajo, al cuestionamiento de toda una serie de derechos sociales. Esa dinámica ejerce también su presión sobre las experiencias progresistas de estos últimos años en América latina. Las medidas del gobierno de Evo Morales que pretendía aumentar el precio de la gasolina eran, en cierto modo, consecuencia de las presiones crecientes del mercado mundial. Presiones que alcanzan el propio corazón de la economía cubana. ¿Qué consecuencias tendrá la “privatización” de todo un sector de la fuerza de trabajo cubana – cerca del 10% de los asalariados y asalariadas del país – sobre la correlación de fuerzas socio-política en Cuba y en el conjunto de América latina? Pero no hay ninguna fatalidad. La actitud de los gobiernos progresistas de América latina y de la propia dirección cubana ante la crisis constituye una prueba decisiva acerca de la evolución de esas corrientes.

Cabe esperar el surgimiento de nuevas luchas sociales y políticas, incluso en el seno de los “movimientos bolivarianos”. Según su relación con los movimientos de masas, podría acabar imponiéndose tal o cual opción. Desde este punto de vista, las últimas vacilaciones de Morales en Bolivia acerca del incremento del precio del carburante constituyen un ejemplo de las crisis que pueden desarrollarse en estos países. En una serie de regiones del mundo, en África o en Asia, la presión de la crisis económica y social, las ofensivas políticas y militares del imperialismo en un contexto de debilitamiento de la hegemonía occidental, el hundimiento o la ausencia de una alternativa socialista o incluso nacionalista progresista, desembocan en situaciones donde se mezclan la resistencia al neocolonialismo, las oposiciones entre distintas fracciones de las clases dominantes, la lucha entre clanes burocráticos y los conflictos étnicos o religiosos, como ocurre en Costa de Marfil. En una región como la que engloba Pakistán y Afganistán, la oposición a las exacciones del imperialismo occidental se combina con un ascenso de las fuerzas islamistas reaccionarias que combaten los derechos de las mujeres y los derechos democráticos. En semejante coyuntura, la construcción de campos o frentes que se oponen al imperialismo, pero también a las corrientes religiosas reaccionarias islamistas, será decisiva de cara al futuro.


Se acentúa el desplazamiento del centro de gravedad en el mundo

La crisis acentúa los cambios en las correlaciones de fuerza mundiales a través del empuje de los países emergentes, el retroceso de Estados Unidos y sobre todo de Europa. El mundo occidental, y sobre todo norteamericano, conserva su potencial político y militar, así como su fuerza económica, pero retrocede ante China y en sus relaciones con otras potencias ascendentes. China es ya la segunda potencia mundial. Ha conquistado incluso un primer lugar en algunos sectores clave, como la producción de ordenadores. Su fuerza militar y sus gastos en armamento aumentan considerablemente, con la pretensión de transformar a este país en una potencia de primer orden en los próximos años.

La presencia de China en el mundo conoce una verdadera expansión: grandes obras en África y en América latina; explotación a gran escala de territorios para la producción de materias primas o productos alimentarios; compra de deuda pública de países europeos que atraviesan por “dificultades”, como Grecia, Portugal o España.

Hay que poner también en relación este desarrollo con el crecimiento de otros países llamados emergentes – India o Brasil – y los países de Asia y de América latina que de algún modo se benefician de este crecimiento.

En este marco, es necesario que los camaradas de América latina, de Asia y de África puntualicen la situación en sus respectivas regiones. Así, por ejemplo, no se puede separar el balance del “lulismo” del nuevo lugar que Brasil ocupa en el mundo, de su capacidad par desarrollar los mercados financieros, pero tampoco de su política asistencial, que ha obtenido resultados. En este nuevo equilibrio mundial, Estados Unidos declina, pero conserva su potencia político-militar, su enorme mercado y “su dólar”. Es Europa quien retrocede. Algunos hablan incluso de la crisis del euro-centrismo que dominaba el mundo desde 1492 – fecha del descubrimiento de América. Uno de los elementos del período actual y de la propia crisis es, pues, el debilitamiento estructural de Europa.


La crisis en Europa

A pesar de su potencial económico, social, tecnológico y de sus riquezas acumuladas, Europa es el eslabón débil de la globalización capitalista, en el sentido en que se encuentra atenazada entre Estados Unidos y el ascenso de los países emergentes. La compra de una parte de las deudas públicas griega, portuguesa y española por parte de China es, en efecto, algo más que simbólico. En la actual competencia mundial, las clases dominantes europeas están convencidas de que “el modelo social europeo” constituye un obstáculo mayor frente a Estados Unidos y China. Es necesario destruir las conquistas sociales obtenidas a lo largo de décadas. Además, desde un punto de vista coyuntural, la crisis bancaria continúa, pero ha pasado de los bancos a los Estados convirtiéndose en una crisis de la deuda pública como consecuencia de décadas de políticas fiscales regresivas y de la asunción pública de la crisis financiera y bancaria.

El déficit público pasó del 2 al 6’5% en la zona euro, y del 2’8 al 11% en Estados Unidos. Entre 2008 y 2009, la deuda pública pasó del 69’4 al 78’7% del PIB en la zona euro, y del 62 al 83% en Estados Unidos durante el período que va del 2007 al 2009. Los Estados se encuentran ahora en primera línea de la crisis. Es interesante ver las diferencias entre Estados Unidos y Europa a la hora de responder a dicha crisis: relanzamiento monetario y presupuestario en Estados Unidos a través de la compra de bonos del tesoro – lo que representa la inyección de 600.000 millones de dólares en la economía americana. Es el “quantitative easing” de la Reserva Federal, que no es más que una particular manera de poner en marcha la máquina de imprimir billetes. Por el contrario, en Europa se recurre a políticas de austeridad de carácter recesivo que asfixian cualquier reactivación del crecimiento. Ese contraste de políticas tiene que ver con el papel que sigue desempeñando el dólar como “moneda del mundo”, a diferencia del euro. Y expresa también las posiciones de unos y otros en las relaciones de fuerza a escala mundial. Indiquemos, sin embargo, que ninguna de esas políticas consigue relanzar la maquinaria capitalista.

Hay que añadir que la especificidad de la crisis en Europa resulta del tipo de construcción de la Unión europea: una entidad dominada por los mercados, con un contenido político inacabado, sin democracia, carente de participación popular, falto de unidad política y económica. Lejos de representar un escudo frente a la crisis, semejante construcción constituye la base de nuevas tensiones y contradicciones entre los distintos Estados europeos. En lugar de coordinar las políticas económicas, la construcción neoliberal favorece las dinámicas divergentes en el seno de la economía europea, acentuando las discrepancias entre las dinámicas industriales (Alemania) y las financieras (Inglaterra), entre grupos económicos y financieros alemanes, franceses e ingleses, entre economías altamente desarrolladas – las que constituyeron en su día el “mercado común” – y las medianamente desarrolladas del sur y el este de Europa.

El euro engloba, en efecto, países con distintos niveles de desarrollo y productividad. La moneda única, lejos de actuar como un instrumento de coordinación económica de la llamada “zona euro”, sirve para disciplinar las economías y los pueblos al servicio de los más fuertes. Eso conduce a tensiones entre Alemania - o los países que tienen un modelo más cercano a ella – y los demás, con una presión que se está volviendo insostenible para España, Portugal o Grecia. En esta etapa, los gobiernos de la zona euro han creado mecanismos de asistencia en contrapartida de las reformas estructurales neoliberales radicales, concretamente con la constitución de un “fondo europeo de estabilización” en 2013, destinado a los países en dificultades y dotado con 750.000 millones de euros. ¿Será eso suficiente para paliar las deudas de esos países? Numerosas empresas, mercados financieros, fondos de pensiones, apuestan sobre la incapacidad de los países del sur de Europa para soportar el embate de una nueva ofensiva especulativa de los mercados financieros. La competencia entre las economías de la zona euro, conjugada con la ausencia de políticas comunes en el plano económico, industrial, fiscal y social, ¿podrá ser contenida o terminará por agravar la crisis? Esas tensiones se reflejan sobre todo en el plano monetario. Pero, tras la moneda, se perfila la voluntad de las clases dominantes y de los mercados financieros de hacer pagar la crisis a los pueblos y a la clase trabajadora.


La guerra social en Europa

De golpe, nos encontramos con una verdadera “guerra social” en Europa: congelación o rebaja salarial en la función pública, reducción drástica de los presupuestos sociales y públicos, destrucción de franjas enteras del Estado social, prolongación de la duración del trabajo – reformas de las pensiones, cuestionamiento de las 35 horas -, supresión de millones de puestos de funcionarios, ataques y privatizaciones en los ámbitos de la seguridad social, de la sanidad, de la enseñanza – explosión de los gastos de inscripción en Gran Bretaña.

El ejemplo más reciente de estos ataques lo constituye el referéndum en la fábrica de FIAT Mirafiori en Turín, donde los resultados de la consulta, aprobando las propuestas de la dirección, abren las puertas a la liquidación de los convenios colectivos, no sólo en el metal, sino en todos los ramos y sectores. Los convenios colectivos nacionales – de ramo o sector – son totalmente cuestionados. Pierden vigencia ante el contrato de trabajo “negociado” directamente entre el asalariado y el dueño de la empresa. La política de la gerencia de FIAT impone de este modo una agravación de las condiciones de trabajo: equipos, trabajo de noche, persecución del absentismo, congelación salarial… La dirección de FIAT anuncia claramente que no negociará con los sindicatos que rehúsen someterse a tal dictado: es el final anunciado del recurso a la ideología del “diálogo social”.

Este tipo de ataques tiende a generalizarse en toda Europa. Combinados con las políticas de lucha contra el déficit, no sólo agravan las condiciones de trabajo y de vida de millones de personas, sino que limitan cada vez más la demanda final y, por consiguiente, encorsetan el crecimiento y provocan nuevas recesiones. No se trata simplemente del enésimo plan de austeridad: el objetivo es reducir entre un 15 y un 20% el poder adquisitivo de los asalariados y asalariadas a lo largo de los próximos años. El desmantelamiento del Estado del bienestar – o de lo que queda de él – conoce una aceleración sin precedentes.


La derecha en Europa

La diferencia de esta ofensiva, ligada a la crisis histórica y sistémica que atraviesa el capitalismo, con respecto a los ataques de los años 80, son las consecuencias desestabilizadoras para el conjunto del sistema, de sus clases dominantes, de sus partidos e instituciones. Todos los partidos dominantes, e incluso los otros, se han visto desestabilizados por décadas de contrarreformas neoliberales y por la crisis del sistema. Las crisis de representación política, la crisis histórica del socialismo, los fenómenos de abstención popular, el sentimiento de corrupción de las elites políticas… todo concurre para alimentar la crisis general de la política.

A la derecha, las contrarreformas sociales neoliberales zapan las bases sociales de los partidos tradicionales… que tratan de recuperar apoyo desplegando políticas autoritarias, racistas, populistas, atacando a los inmigrantes, a los gitanos, a los musulmanes. Esas contrarreformas acentúan cursos reaccionarios como el del partido republicano en Estados Unidos. Las tendencias al “bonapartismo populista” de Sarkozy o de Berlusconi traducen una indiscutible inestabilidad. Los movimientos populistas o neofascistas avanzan en Suecia, en Holanda, en Francia, en Hungría. En todas las últimas elecciones que han tenido lugar en Europa, la derecha y la extrema derecha han incrementado sus resultados electorales.


La socialdemocracia confirma su evolución social liberal

En la izquierda, la crisis no ha provocado ninguna “reacción keynesiana”. La presencia de un presidente socialista al frente del FMI expresa el grado de integración de la socialdemocracia en las instituciones de la globalización capitalista. A diferencia de los años treinta, no ha habido ningún giro hacia la izquierda en las filas de la socialdemocracia. La opción social liberal se ve así confirmada. Las políticas de Papandreu, Zapatero o Sócrates lo demuestran. Las grandes orientaciones del PSE, a nivel europeo, les confortan en esa vía y muestran que, más allá de los posicionamientos tácticos de cada PS frente a la derecha, la socialdemocracia se ha transmutado en social liberalismo.

Incluso si persisten las diferencias entre la izquierda y la derecha, la socialdemocracia, seguida por la evolución de los aparatos sindicales, ha optado deliberadamente por la adaptación a los modelos dominantes de la gestión de la crisis. Hay que señalar también la evolución de las grandes formaciones verdes o ecologistas hacia orientaciones cada vez más características del centro izquierda.


Las resistencias sociales y los límites de su traducción política

El elemento más destacado de estos últimos meses han sido las luchas de resistencia a los planes de austeridad. Las jornadas de huelga general se han sucedido en Grecia, en Portugal, en el Estado español, en Francia. En Francia, cerca de tres millones de personas se han manifestado y han participado en movimientos huelguísticos en ocho ocasiones a lo largo de dos meses… las huelgas en el Estado español y en Portugal han tenido una amplitud histórica. Una de nuestras tareas consiste en analizar las formas, el contenido y la dinámica de tales conflictos. En Gran Bretaña y en Italia, las manifestaciones estudiantiles muestran el carácter explosivo de las luchas sociales. En Alemania, se han producido impresionantes movilizaciones ecologistas y ciudadanas contra la industria nuclear. La crisis continuará. Los ataques redoblarán de intensidad.

Habrá luchas, resistencias, explosiones sociales que se repetirán según las particularidades nacionales. En el corazón de tales movimientos está la defensa de las conquistas sociales – empleo, seguridad social, pensiones, salarios, servicios públicos – frontalmente cuestionadas. Pero encontramos también dinámicas políticas antigubernamentales estimuladas por la práctica, el estilo, la arrogancia del poder o de los jefes de la derecha. La acumulación de esas experiencias, el grado de combinación entre crisis social y crisis política, el nivel de autoorganización de las luchas, pueden constituir puntos de inflexión de la situación.

Hay una nueva situación social en Europa en que va madurando la revuelta de los pueblos. Hay que constatar también dos hechos políticos de la mayor relevancia:

a. Las luchas, incluso las más masivas, no desembocan en esta etapa sobre retrocesos parciales de las clases dominantes, ni concluyen con victorias de la clase trabajadora y sus organizaciones. No conseguimos bloquear la ofensiva capitalista, ni aún menos revertir la tendencia. Lo que podemos constatar es que, si bien la contrarreforma liberal continúa marcando puntos a su favor, las trabajadoras y trabajadores que se han manifestado o que han ido a la huelga en Grecia, en Francia, en Portugal o en el Estado español, los estudiantes que se han movilizado en Gran Bretaña, no tienen la sensación de haber sufrido derrotas mayores. Confusamente, sienten que habrá otras batallas.

b. El segundo hecho político que hay que subrayar es, en aquellos países donde la lucha social ha alcanzado cierta amplitud, la distancia existente entre la combatividad social y su traducción política. Es necesario considerar las especificidades de la situación en cada país. En algunos países, el nivel de lucha social es débil. Pero en aquellos países donde existe movilización social, no hay equivalencia en el plano de la fuerza sindical y política. No se está produciendo un crecimiento orgánico de los sindicatos, de los partidos, de las corrientes de izquierdas en los movimientos sociales. ¿Cuántos miembros, cuántos adherentes? Aquí y allá, pueden producirse movimientos de adhesión hacia los sindicatos o los partidos de izquierdas. Pero, existe una diferencia entre los años treinta y la actual situación. En los años treinta, la crisis y las resistencias sociales provocaban, por ejemplo, el crecimiento en centenares de miles de adherentes de los sindicatos, de los PS y los PC, de las tendencias de izquierda en el seno de la socialdemocracia o de las corrientes revolucionarias exteriores a la izquierda tradicional. La evolución social liberal ha hecho que los partidos socialistas se hayan vuelto cada vez más “impermeables” a los ascensos de la lucha de clases.

Pero tampoco observamos ningún crecimiento masivo, cualitativo, por lo que respecta a los sindicatos. Hubiésemos podido esperar el desarrollo de corrientes o partidos fuera de las organizaciones de la izquierda tradicional. De momento, no podemos constatar ningún progreso notable en ese sentido. En Francia, después de la excepcional movilización social que hemos vivido… cabía esperar que el PS presentase, de cara a las próximas elecciones presidenciales, una candidata o un candidato de “perfil” más socialdemócrata. Pues, no. El candidato del PS en 2012 puede ser Strauss-Kahn, presidente del FMI y uno de los representantes más derechistas de la socialdemocracia internacional.

Podemos ser prudentes diciendo que nos encontramos al principio de la crisis, que su duración suscitará movimientos combinados de crisis social y política, desencadenando acontecimientos que bloquearán tal o cual plan de austeridad y permitiendo victorias parciales capaces de revertir las principales tendencias de la situación… Pero, por lo pronto, los obstáculos que habría que superar parecen difícilmente franqueables.

Los efectos de la crisis histórica del movimiento obrero del pasado siglo se hacen sentir todavía. La construcción de una consciencia socialista revolucionaria necesita nuevas experiencias para poder afirmarse. Es necesario constatar que el nivel de las luchas actuales, incluso si aumentase como reacción a los ataques de las clases dominantes y los gobiernos, carece de una dinámica política lo bastante fuerte como para invertir los efectos de décadas de contrarreformas liberales y crear las bases de una contraofensiva global y de un nuevo proyecto socialista revolucionario. Los procesos de construcción de partidos de la izquierda radical o de partidos anticapitalistas chocan, en Europa, con toda una serie de dificultades.


Elementos de discusión sobre nuestras tareas

¿Cuáles son nuestras tareas en tales condiciones? La respuesta depende del diagnóstico que hagamos de la crisis que estallé en 2007. ¿Se trata de una peripecia financiera análoga a tantas otras que ha conocido el capitalismo, con su corolario de recesiones temporales? ¿O bien se trata, por el contrario, de una crisis sistémica a dos niveles? Es decir, una crisis que tiene un carácter sistémico porque el régimen de acumulación financiera desarrollado desde hace más de treinta años está ya agotado. Y una crisis sistémica también porque el capitalismo mundial choca con los límites que representan la finitud del planeta y de sus recursos naturales. Si retenemos esta segunda hipótesis, no podemos contentarnos con políticas de reactivación de la demanda y con la exigencia de una mayor regulación del sistema financiero. Es necesaria una reorganización radical de la economía orientada hacia la satisfacción de las necesidades sociales, una reconversión ecológica de la industria y de la agricultura, servicios públicos no mercantilizados y de calidad… En una palabra: se impone una ruptura con la lógica capitalista, la propiedad privada del capital y el actual sistema de distribución de las riquezas.

Es necesario, pues, un plan que conjugue reivindicaciones inmediatas y anticapitalistas frente a la crisis. No son las trabajadoras y los trabajadores quienes deben pagar la crisis, sino los capitalistas: defensa de las conquistas, de las reivindicaciones, de los derechos sociales, imposición de las transacciones financieras, anulación de las deudas públicas. Este plan puede sufragarse gravando los beneficios bancarios y financieros, así como las ganancias de los grandes grupos capitalistas. Ese programa debería acompañarse de la “colectivización-socialización” del conjunto del sistema bancario a escala europea bajo el control de los usuarios. Es decir, a través de la nacionalización o la socialización pública del sector bancario, se trata de plantear la cuestión de la incursión en la propiedad del capital. Esta cuestión de la propiedad debe plantearse también a través de la lucha contra las privatizaciones y la creación de grandes sectores públicos bajo control de trabajadores y usuarios en ámbitos decisivos de la economía. Se plantea igualmente a través de la cuestión ecológica y de la necesaria reorganización y planificación ecológica a medio y largo plazo. La dimensión ecológica adquiere una relevancia cada vez mayor, tanto más cuanto que la actualidad está marcada por catástrofes naturales que se suceden a lo largo y ancho del planeta con una creciente frecuencia – inundaciones, caos climático, deslizamientos de tierras… -, y debe ocupar por lo tanto un lugar cada vez más destacado también en nuestra actividad. Todas las propuestas de reorganización social y ecológica de la producción, reorganización del espacio urbano, de los transportes, de la energía al servicio de las necesidades de las clases trabajadoras y los pueblos deben ser subrayadas en nuestra agitación.

En Europa, este plan debe adquirir una dimensión continental. La respuesta a la crisis no es el proteccionismo nacionalista, ni la salida del euro. Eso conduciría a una competencia exacerbada entre los países europeos y a nuevos ataques contra los pueblos, como medio para sobrellevar las dificultades por parte de aquellos países que se viesen más atenazados por ellas. Sin olvidar el desarrollo de movimientos chovinistas y xenófobos. Es necesario, por tanto, articular una respuesta europea, social, democrática y ecologista, pero una respuesta que rompa con las políticas e instituciones europeas. En ese sentido, salvar el euro o la Unión europea no puede servir de coartada para redoblar los ataques y los planes de austeridad contra los pueblos. Nuestra respuesta debe partir de la defensa de los derechos y reivindicaciones de las clases trabajadoras y los pueblos en cada país y a nivel europeo. Eso empieza por el rechazo de toda política de austeridad. Luego, hará falta coordinar las políticas y las luchas de los pueblos en Europa para construir una respuesta de conjunto, internacionalista, que priorice la armonización de esos derechos sociales por arriba, la cooperación para ayudar a los pueblos más afectados por la crisis y una política que haga pagar a banqueros y capitalistas – mediante medidas fiscales y sociales, a través de la constitución de grandes servicios públicos de ámbito europeo, concretamente el bancario, etc.

En un plan de acción anticapitalista, la cuestión de los derechos y reivindicaciones democráticas reviste la mayor importancia, en particular por cuanto se refiere a la defensa de las libertades democráticas y a la defensa de inmigrantes y “sin papeles”. En los países sometidos a dictaduras, esto debe conducir, concretamente en el marco de los movimientos de fondo o las revoluciones democráticas que sacuden el mundo árabe, a combinar reivindicaciones sociales, autoorganización y reivindicaciones democráticas. En Túnez, apoyamos las exigencias democráticas de desmantelamiento de la dictadura y de todas sus instituciones, de disolución del RCD y de todos los aparatos represivos, de rechazo del gobierno de Ghannouchi, de formación de un gobierno provisional sin representantes del régimen y de elecciones libres a una Asamblea Constituyente. La lucha contra la carestía de la vida, por las necesidades vitales de la población, así como la confiscación de las propiedades del clan Ben Alí pueden conducir a combinar prácticamente cuestión social y democrática, planteando el control de esas administraciones o empresas mediante la autoorganización popular. Al mismo tiempo, los anticapitalistas deben apoyar, organizar y coordinar los embriones de autoorganización en curso a través de la lucha contra la carestía de la vida y por la protección de la población.

Tales objetivos sólo pueden alcanzarse a través de la movilización social y política de millones de trabajadores y de la ciudadanía, y mediante la confrontación con las clases dominantes y sus gobiernos.

En general, nuestra orientación debe estimular y orientar las movilizaciones, combinando luchas sociales, sindicales, ecológicas, promoviendo la unidad de acción social, sindical y política de todas las fuerzas de izquierdas, proponiendo y animando experiencias de autoorganización social. Debemos apoyar todas las propuestas de campañas europeas sobre la anulación de la deuda o a favor del empleo a través de la coordinación de asociaciones y sindicatos.

En un plano político, las batallas unitarias deben ir acompañadas de la búsqueda sistemática de la independencia frente a la socialdemocracia, concretamente a través de políticas electorales en las grandes ciudades, regiones, parlamentos y gobierno. La crisis confirma el carácter indispensable de una alternativa política global frente al social liberalismo y a los partidos de la izquierda tradicional. Finalmente, hay que favorecer la unidad y las alianzas anticapitalistas, promoviendo todas las iniciativas de coordinación anticapitalista a nivel de sectores, luchas o partidos.