Extracto de Johanna Brenner: El feminismo transnacional y la lucha por la justicia global

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El feminismo transnacional y la lucha por la justicia global Johanna Brenner La globalización capitalista ha supuesto un impacto profundo aunque contradictorio en la vida de las mujeres y en las posibilidades de responder a la dominación masculina, tanto en el centro como en la periferia del sistema capitalista mundial.

Por un lado, se han minado viejas formas de dominación masculina; por otro, las condiciones de vida de las mujeres están empeorando en muchos aspectos.

La profunda penetración capitalista en la periferia rural ha desbaratado las economías establecidas que apoyaban “el patriarcado clásico” –sistema en que el poder de los hombres se apoya económica y políticamente en la posesión masculina de la propiedad y ser cabeza de familia /1. En las ciudades de los países periféricos, el “régimen fordista de género” –el hombre trae el salario/la mujer es ama de casa– que surgió en los 60 y los 70, la “edad de oro” del desarrollo económico en algunas partes del Tercer Mundo, también se está desmoronando dado que el salario masculino ya no es el salario familiar. Al mismo tiempo, debido a la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, y su acceso a la alfabetización y educación, el feminismo ha surgido como una fuerza política organizada. Las mujeres del sur global no sólo se están enfrentado a retos en sus propios países sino que están participando en un movimiento feminista global capaz de afectar las políticas de organizaciones transnacionales como las de Naciones Unidas y la Unión Europea /2.

En contraposición a esta desarrollo, las mujeres y los niños/as más que los hombres, son las víctimas de la restructuración del capitalismo global. La inseguridad económica, el empobrecimiento, la exposición a productos tóxicos, la degradación de los porcentajes altos de mortalidad maternoinfantil, la migración forzosa, el incremento de horas de trabajo tanto asalariado como no, son algunos de los indicadores de la carga de las mujeres a nivel mundial /3. Las organizaciones de mujeres que han surgido para defender a las mujeres de clase obrera y pobres tanto urbanas como rurales, se encuentran atrapadas en un campo contradictorio de relaciones de poder definido por tres fuerzas en pugna: estados nacionales, movimientos religiosos fundamentalistas y los centros globales que dirigen los asuntos neoliberales.

Los gobiernos del Tercer Mundo, de dominación masculina, a menudo poco eficientes, plagados de amiguismos y algunas veces corruptos; y las presiones de los programas de ajuste estructural que les impone el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial ciertamente han agravado estas tendencias. Su fracaso en el reparto de los beneficios del “mercado libre” ha alentado el crecimiento de los movimientos políticos fundamentalistas que tienen al feminismo en el punto de mira y retan el poder gubernamental. Los gobiernos nacionales responden a estos movimientos con represión política y adaptación, principalmente a costa de las mujeres –por ejemplo, cediendo la autoridad civil local a órganos judiciales y líderes religiosos. Estas políticas refuerzan el patriarcado tradicional y sus funciones de control social mientras que la transformación capitalista de las economías locales priva a las mujeres de la protección y seguridad que les daba el sistema patriarcal /4. En contraste con el Estado nacional débil y de dominación masculina y los movimientos fundamentalistas, las instituciones claves del orden neoliberal, principalmente el Banco Mundial, aunque también las agencias de gobiernos del Primer Mundo, como USAID [Organismo que gestiona la cooperación pública al desarrollo de los EE UU. NdT], proclaman su apoyo a la modernización y democratización.

Ofrecen recursos para el desarrollo económico de las mujeres, servicios sociales y sanitarios, los dirigentes del nuevo orden económico mundial se presentan como aliados del feminismo liberal. Las aspiraciones centrales feministas –ciudadanía plena, acceso igualitario a la educación y al empleo y finalización del derecho legal y cultural de los hombres del control del cuerpo de las mujeres, de su capacidad sexual y reproductiva– son completamente compatibles con el neoliberalismo. Las fuerzas que tienen más que perder con la institucionalización de objetivos políticos del feminismo liberal no son el Banco Mundial, el FMI o las corporaciones transnacionales.

La mayoría de fuerzas que responden al feminismo, por ejemplo, dentro de los círculos de políticas de desarrollo y de conferencias en las que las Naciones Unidas intenta regular las políticas de desarrollo no son las del nuevo orden económico, sino organizaciones que representan a grupos que se sienten amenazados por la pérdida de las antiguas formas de poder patriarcal político y económico: gobiernos islámicos, organizaciones no gubernamentales conservadoras musulmanas, organizaciones católicas y el Vaticano, protestantes evangélicos y el Comité Internacional de Derecho a la Vida /5.

Desde luego un orden económico neoliberal nunca daría cabida a la igualdad de género. Pero, dado que el capitalismo ofrece más espacio para la autodeterminación y la autoorganización de la gente de lo que lo hizo el feudalismo, también el orden de género neoliberal permite a las mujeres más espacio para participar en la vida pública y competir con hombres por poder y espacio.

Aunque tanto en el Tercer Mundo como en el Primero, la responsabilidad del trabajo de cuidados sigue siendo de las mujeres y esto las sitúa en desventaja respecto a los hombres dentro de las esferas política y económica, cada vez más competitivas e individualizadas en consonancia con las demandas del capitalismo global. Esta diferencia de relación de hombres y mujeres respecto al importante y necesario trabajo de cuidados –el cual está aumentando su privatización debido a la desaparición del estado de bienestar– está preservando la dominación masculina, aunque de una nueva forma /6.

En la situación actual, las feministas, especialmente aquellas que desean crear un movimiento que refleje las necesidades e intereses de las clase obrera y de las mujeres pobres rurales y urbanas, se encaran a dilemas políticos intensos y difíciles. Podemos apreciar estos dilemas a través de un análisis en tres áreas de acción política:

1. Si las relaciones de clase y de dominación racial se reproducen o disminuyen entre las organizaciones feministas tanto a nivel transnacional como dentro de las políticas nacionales. 2. Las presiones particulares que encaran las ONGs de mujeres y las posibilidades de resistencia así como las de captación. 3. Las líneas de tensión como las de alianza entre el feminismo global y los movimientos de justicia globales.

Políticas feministas en el espacio entre nacionalismo patriarcal y neocolonialismo En lo que ha sido más efectivo el feminismo organizado tanto a nivel local como transnacional, ha sido en promover derechos políticos liberales para las mujeres e incluso en destacar elementos que anteriormente eran invisibles –tales como acoso sexual y violencia doméstica. Aunque sigue habiendo un largo camino que recorrer, no se puede negar que en un país tras otro las organizaciones feministas han forzado el debate sobre la violencia sexual y doméstica dentro de las políticas nacionales además de obtener algunos beneficios en el acceso a las políticas formales /7. Tanto local como internacionalmente, las feministas continúan encarando el difícil y agobiante aspecto de cómo argumentar y definir los derechos de las mujeres de un modo que no posicione al feminismo con las relaciones neocoloniales de dominación.

Las mujeres del Tercer Mundo se ven forzadas a competir con dos fuerzas opuestas poderosas. Por un lado un nacionalismo masculinizado que define las tradiciones y la nación de forma selectiva que fuerza a las mujeres a ser las que soporten las diferencias culturales mientras que los hombres son libres de participar en un mundo con poder político y económico modernos. Por otro lado está el capital transnacional que en la fase actual amenaza con dominar al estado nacional y someter a las mujeres junto con los hombres a nuevas formas de explotación económica, o incluso excluirlos de la economía –al mismo tiempo que ofrece oportunidades de escapar del control masculino tradicional. Del mismo modo que las mujeres de color de Estado Unidos retaron a las feministas para que reconocieran que sus categorías de análisis asumían la universalidad de experiencias de blancas de clase media y definían la igualdad de oportunidades en términos que marginaban los intereses políticos de las mujeres de clase obrera y de color, las mujeres del Sur neocolonizado han retado las voces dominantes de las mujeres del Norte.

Desde el primer encuentro internacional de mujeres convocado por Naciones Unidas en 1975, el feminismo internacional ha debatido la cuestión de cómo definir los intereses de las mujeres, incluyendo según se desarrollaron las conversaciones, cuestionarse la categoría unitaria de “mujeres”. Un resultado importante de estas conversaciones es la adopción de una plataforma de “derechos humanos” como agenda organizativa donde las mujeres pueden cooperar a nivel transnacional al igual que usarla a nivel local. En la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, organizada por Naciones Unidas en 1993, los grupos de mujeres argumentaron que “Los Derechos Humanos son los Derechos de las Mujeres y que los Derechos de las Mujeres son Derechos Humanos” e hicieron un llamamiento en la Conferencia para que se reconociera “la violencia de género como violación de los derechos humanos que requiere acción inmediata”. Esto incluía apoyar la Convención sobre la eliminación de Todas la Formas de Discriminación de las Mujeres, que finalmente fue adoptada en 1979 por Naciones Unidas pero que Estados Unidos sigue sin ratificar.

A nivel nacional las organizaciones de mujeres han utilizado la Declaración Universal de Derechos Humanos, desarrollada por Naciones Unidas en 1966, para incluir derechos económicos, sociales y culturales, para demandar responsabilidades a sus gobiernos. Sin embargo, tal como se esperaba, dada la actual dominación de las fuerzas capitalistas, en la práctica sólo los derechos políticos y civiles tienen apoyo real, mientras que los derechos sociales de las mujeres, junto con los de los hombres, están siendo violados y marginados cada vez más, debido a las destrucción de los servicios públicos tanto en el centro como en la periferia. Además, sigue existiendo el problema de quién definirá el contenido de estos derechos, es decir, qué criterios deberían usarse para definir las prácticas que violan los derechos humanos de las mujeres.

El aumento de la importancia de los derechos humanos como discurso político no es de ninguna forma la confirmación de relativismo cultural –las mujeres del Sur global conocen muy bien cómo las afirmaciones de diferencia cultural pueden utilizarse para legitimar las prácticas patriarcales. Las mujeres del Tercer Mundo también conocen muy bien la necesidad de defender sus naciones y culturas contra la hegemonía del Primer Mundo –una hegemonía que tiene a las prácticas occidentales como medida de progreso para las mujeres y para la sociedad y por tanto legitima la dominación neocolonial. Dado que las feministas del Primer Mundo han participado en este tipo de discurso político “universalizante” y por tanto han negado la posibilidad de que la modernización definida por culturas no occidentales pudiera ofrecer a las mujeres en algunos casos más dignidad, poder y respeto, han facilitado a las fuerzas antifeministas del Tercer Mundo el definir el feminismo como parte del proyecto imperialista occidental. No hay mejor ejemplo de la apropiación de “los derechos de las mujeres” para fines imperialistas que las declaraciones de George Bush diciendo que la guerra de Estado Unidos contra Afganistán se llevó a cabo para promover los derechos humanos de las mujeres afganas. La excusa para estas declaraciones se la dio en parte la campaña de los derechos internacionales de las mujeres iniciada en 1997 por una coalición occidental de organizaciones de mujeres /8. Esta campaña, que llamaba a “la comunidad internacional” a negar reconocimiento e inversiones a los talibanes, ignoraba por completo la complicidad de occidente en la instalación de los talibanes en primer lugar y que las formas de tolerancia de Washington a las reglas talibanes estaban relacionadas con sus intereses globales neoliberales y geopolíticos. Bajo la dirección de feministas del Tercer Mundo, algunas organizaciones han intentado trazar un camino entre el nacionalismo patriarcal y el feminismo colonizador. Por ejemplo, las mujeres que viven bajo leyes musulmanas se enfrentan al fundamentalismo político-religioso dentro del marco del discurso islámico, redefiniendo, tal como lo han hecho los hombres históricamente, lo que constituye la práctica islámica. Rita Coomaraswamy formula la pregunta: ¿cómo proteger los derechos humanos en esencia a nivel local mientras evitamos caer en manos de la estrategia imperialista? Ella propone dos líneas 1) cualquier práctica que cause dolor y sufrimiento severo a las mujeres debe ser considerado delito y 2) otras prácticas deberán ser evaluadas mediante el debate, diálogo y la construcción de una coalición por parte de las mujeres, de una sociedad en particular, que hayan “luchado contra el racismo y comunidades de diferentes formas, pero que también hayan luchado contra el patriarcado y por los derechos de las mujeres. Incluso dentro de este grupo hay grandes diferencias /9. El papel de las organizaciones feministas dentro de los países imperialistas sería el apoyar este diálogo local con recursos y con respeto.

Las tensiones y conflictos paralelos que hacen referencia a quién define los intereses y derechos de las mujeres sirven para marginar las voces de las mujeres de clase obrera y pobres dentro de las coaliciones feministas nacionales y transnacionales. Una primera mirada a la insistencia feminista de que el derecho a la no violencia sexual es un derecho humano de las mujeres ofrece una base obvia de alianza interclase. Aunque las mujeres de clase obrera y pobres del Sur global a menudo determinan su interpretación de la violencia masculina en términos de clase, colocando la violencia masculina como consecuencia de un contexto social en particular –por ejemplo, la promoción de gobiernos de la venta de alcohol en distritos pobres o el aumento del desempleo y la desaparición del trabajo masculino tradicional. En contraste con esto, cuando abogados de clase media traen las políticas de derechos humanos internacionales a la arena local, se inclinan más por enfocarlas en la necesidad de cambiar leyes y practicas políticas aislándolo de causas más amplias de violencia contra las mujeres /10. El feminismo transnacional no ha dependido para su crecimiento como organización de fondos generados por sus miembros sino de recursos provenientes de instituciones poderosas como Naciones Unidas, gobiernos socialdemócratas en el Norte y fundaciones privadas en los países capitalistas. Al principio de los 90, Naciones Unidas, como consecuencia de presiones feministas en su interior, se comprometieron a financiar la implicación de grupos de mujeres locales en las conferencias nacionales proyectadas para tratar temas de desarrollo /11. Dentro del Tercer Mundo, las ONGs de mujeres cuentan con fuentes de financiación externas. Este contexto ha agravado lo que podría ser en todo caso un proceso inevitable de profesionalización y burocratización cuando los grupos de base se transforman en organizaciones de movimiento social y entonces en primer lugar solicitan en lugar de movilizarse. Algunas organizaciones lo han hecho mejor que otras a la hora de mantener contacto y responsabilidad con su base social /12. Sin embargo, la estratificación entre grupos de mujeres se ha incrementado y aquellos con lazos elitistas, acceso a subvenciones internacionales y las características organizativas que quienes subvencionan quieren apoyar, pueden manejar más recursos y tener más influencia política. En su posición estructural vis a vis entre los Estados nacionales y las subvenciones internacionales, estas ONGs llegan a ser consejeras y expertas en “género” jugando un rol de arbitraje entre el Estado y su clientela /13.

http://vientosur.info/spip.php?article1562